Mi aventura con la faja colombiana

Hace unos días fue el Prom de una de las hijas de mi esposo, así que me compré un vestido azul royal que, aunque entallaba bonito, revelaba algunos rollitos de más. Entonces, luego de haber abandonado la dieta y andar fugitiva según dice la directora de mi gimnasio, pretendí resolver el asunto con una faja.

Recordé que había visto una tienda especializada que vendía fajas colombianas y me ilusioné con la idea de lucir como una de esas misses que siempre lleva Colombia y que han coronado por error en el Miss Universe, pero al menos siempre llegan a la final.
Llegué a la tienda y de inmediato la propietaria me preguntó qué necesitaba. Le dije que tenía un traje de noche y que quería lucir mejor en él con una faja. Me dice: “La quieres liviana, moderada o fuerte”. Y yo , ignorante, le contesto: “definitivamente quiero la más fuerte”.

Después de tasarme con la mirada, la chica de marcado acento colombiano concluyó que yo era talla 38 y trajo una faja, que a mí parecía que podía usar mi hija de 15 años, quien pesa 100 libras.

Le digo: “Yo no quepo ahí. ¿No la tienes más grande? Ella, decidida, me dijo que pasara al probador porque esa era mi talla. “Enseguida voy y te ayudo”.

Aquel probador parecía un baño de avión. Empecé a subir aquel artefacto y le decía, “Definitivamente no es mi size”. Ahí fue cuando ella entró al probador sin pedir permiso y decidida a ponerme esa faja. Ahí comenzaron a bajar las gotas de sudor, entre la misión imposible y el poco espacio para moverse o respirar en ese pequeño probador.
Nada, les cuento que usamos la táctica de brinquitos, mientras ella empecinada luchaba por fijar cada clip y finalmente subir el zipper. Subió y la verdad es que me sentí como avispa bombón.

“Dios, esto es inhumano”, pensé. Pero le creí cuando dijo que me iba a acostumbrar. Antes de irme de la tienda me dijo, “Póntela antes de maquillarte porque te vas a sudar”. Pensé: “Que exagerada. En la comodidad de la casa y con aire acondicionado bajo cero esto va a ser más fácil. Además, tengo unos días para bajar unas libritas”. ¡Ja!

Llegó el día del Prom y obviamente no había bajado ni una onza. Me maquillé y estaba lista para ponerme la faja con la ayuda de mi chica de 15. Subirla a las caderas no fue difícil. El reto era cómo cerrar aquello para cubrir el abdomen CON TAN POCA TELA!!!!!
Me acosté, me arrodillé, me puse de pie… y mi pobre hija sudaba más que yo.
¡Eureka! Logramos cerrar el clip de abajo. Ahora venía el del medio; ese que cubre la parte más protuberante del abdomen. Brincamos, brincamos, brincamos mucho… y nada. Los ataques de risa que nos dieron tampoco ayudaron mucho.

Mi hija se sentó en la cama y yo de pie frente a ella. Para ganar fuerzas me amarraba con sus piernas y yo sin respirar, contrayendo y sudando. Me dio risa verla con aquella cara de furia y determinación; como la de la chica de la tienda. Para ellas, ganarle a mis chichitos era un asunto personal.

Luego de veinte minutos de intentos y malabares decidí no usarla. Pensé que, si había sufrido tanto en veinte minutos, qué clase de noche me esperaba sentada como si tuviese una varilla y sin poder respirar.

Así que me empoderé y me dije “vamos a gozarnos esta noche, como somos”.
Y así fue. A mi esposo le encantó el vestido y después de todo no me quedaba mal. Lo malo está en nuestra mente, que sabotea nuestra confianza y autoestima.

No quiere decir que no aspiro a bajar esas libritas de más, pero, mientras, me disfrutaré la mujer que soy hoy. Feliz y realizada.

Mujer, celébrate todos los días.
-Idia-