Un voto contra el machismo

xHoy acudí a mi centro de votación.  Algo que he hecho sin fallar en todos los comicios desde hace 30 años, pues creo que uno nunca cede sus derechos y porque este es uno de los pocos que también es un deber.  Pero no voy a hablarles sobre política, sino sobre machismo.  Bueno…no sé cuál de los dos es peor.  Pero aquí voy….

Después de caminar varios minutos hacia la escuela, encuentro un poco de tumulto, pues uno de los candidatos a la gobernación llegaba a votar.  En el pasillo habíamos un grupo de mujeres tratando de abrirnos paso para llegar hasta la puerta de nuestro colegio.  Este “caballero” de unos 65 años y con deseos de llamar la atención y hacerse el gracioso, dice en voz alta “déjenlas pasar, que ahí van las indecisas”.  Los que me conocen saben de mi carácter: suave en respuesta al respeto, pero temible cuando me siento atacada o se me trata de colocar en una posición indigna.

Lo escucho, freno, volteo y le digo: “mi única indecisión es cuál de las cosas que estoy pensando de usted es la correcta”.  ¡Boom!

Ya sé, muchos pensarán que lo debí haber ignorado, que esas cosas no se contestan.  Lo que pasa es que uno de esos males que despierta mi lado “temible” es el machismo y ya estoy bastante crecidita para tolerarlo.

Su argumento no era lo peor.  No dudo que haya muchas personas -hombres y mujeres- que lleguen hasta la caseta de votación sin estar decididos por quién van a votar.  Lo que más me molestó fue su tono de superioridad y burla, que transmitía su opinión sobre las mujeres, incluyendo la que tenía a su lado y parecía ser su esposa.

El machismo es una plaga, que todos y todas tenemos el deber de aniquilar.  Jefes o clientes que dan órdenes a las mujeres como si fueran sus sirvientas, familiares que señalan a la mujer (no al hombre) porque decide hacer un balance entre su faceta profesional y la de madre, reuniones de amigos en las que las mujeres tienen que hacer malabares para que su opinión se escuche, pues las voces masculinas parecerían confabular para acallarlas, esposos que se sienten dueños de sus parejas al punto de decidir si estas deben o no seguir viviendo, explotación del cuerpo y la sensualidad de la mujer en los medios y hasta trato desigual en la compensación económica para las mujeres.  Los ejemplos son infinitos.

Y no me vengan con el cuento de que así los criaron las propias mujeres.  Cierto que muchas, son nuestras peores enemigas, pero el trato justo y digno al ser humano -independientemente de su género- es una responsabilidad individual.

Pero si por miedo, sentido de inferioridad, o ignorancia la mujer lo tolera, eso sí es un problema. Y esto lo digo sin temor de que me tilden de feminista, porque en efecto lo soy.  Hasta la desvirtualización de esa palabra hemos permitido.

Ya basta. No nos fijemos tanto en la forma, sino en la esencia. Tenemos que darnos a respetar y respetar por igual a los demás.

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